CANCÚN, OTRA DECEPCIÓN

Posted by LINO CALDERON on jueves, noviembre 25, 2010 0


Por qué la próxima cumbre de la ONU sobre el clima en Cancún será un fracaso como la de Copenhague
Bill McKibben
Copenhague, al menos en invierno, tiene un aire sombrío; recuerdo que la noria de los jardines de Tívoli estuvo funcionando durante toda la cumbre del clima del pasado mes de diciembre, pero el frío y el viento no animaban a subirse a ella. En plena época de refugiarse en casa, el decepcionante resultado de la reunión estuvo a tono con la atmósfera. Cancún, donde comenzará la próxima cumbre de la ONU sobre el clima el 29 de noviembre, tiene un estilo ligeramente distinto –“¡Una margarita para el delegado de Dinamarca, señora!” –, pero las copas y el sol no bastarán para levantar los ánimos.
AFP/Getty Images
Los observadores atentos recordarán tal vez que la reunión del año pasado se vio ahogada por el hecho de que el Senado de Estados Unidos no había sacado adelante un proyecto de ley sobre el cambio climático. El presidente Barack Obama prometió unas reducciones de carbono muy modestas –un 4% respecto a 1990 para 2020– y se negó a sumarse a otras propuestas mejores que procedían de Europa y algunos países en vías de desarrollo con la excusa de que, si los objetivos eran muy estrictos, se hundirían sin remedio al llegar al Senado. “Tenemos muy en cuenta la importancia de nuestra legislación nacional”, dijo entonces su negociador jefe, Todd Stern. “Ése es un principio fundamental para mí y para todos los demás que trabajan en esto. No podemos poner eso en peligro”.
O quizá sí. Al final, el Presidente decidió no arriesgar ningún capital político en la ley sobre el clima, así que el proyecto sufrió una muerte indigna en el Senado estadounidense a mediados de verano; el líder de la mayoría demócrata, Harry Reid, no quiso ni someterlo a votación por lo malas que eran las perspectivas. Es decir: Copenhague fracasó porque la Administración Obama esperó al senado y éste decidió no actuar, y ahora esta cámara tiene muchos más republicanos y un demócrata (Joe Manchin de Virginia Occidental) cuya campaña le mostraba disparando contra el proyecto de ley sobre el clima con un fusil de cazar ciervos. No creo que Obama vaya a acudir a la reunión de este año.
Es más, sospecho que este mes de diciembre, en México, habrá mucha espera y pocos resultados. El problema fundamental que ha lastrado siempre estas cumbres –un norte rico que no está dispuesto a renunciar a su adicción a los combustibles fósiles y un sur pobre que no puede renunciar a su esperanza de desarrollarse gracias a ellos– se ha agravado, sobre todo porque el norte ha decidido considerarse también pobre o, por lo menos, incapaz de dedicar dinero a cambiar el rumbo del clima.
Es posible –ha sido posible desde el principio– que esta brecha fundamental impida actuar para reducir las emisiones de gas de efecto invernadero hasta el nivel que exigen la física y la química antes de que sea demasiado tarde para invertir los efectos del cambio climático. No existe más que un modo de cerrar esa brecha, y es emplear montones de dinero. En teoría, los países ricos se comprometieron en Copenhague a aportar 30.000 millones de dólares (unos 22.500 millones de euros) de financiación rápida para ayudar a los países pobres a establecer energías renovables. Hasta el momento, según el recuento detallado del World Resources Institute, hay 28.340 millones de euros sobre la mesa, más de la mitad procedente de Japón. Por desgracia, gran parte de ese dinero no es “nuevo y adicional”, sino sacado de otras ayudas al desarrollo. Todo esto no aumenta la confianza de que se hagan realidad los 100.000 millones de dólares anuales que, según proyectó la secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton, en Copenhague, deberían estar listos para 2020, sobre todo porque lo único que se ha sabido este año sobre su procedencia es que no vendrán de “fondos públicos”.
En Cancún, la exigencia de Estados Unidos y otros países será la transparencia a cambio del acceso a ese dinero rápido: si alguien quiere financiación tiene que ofrecer reducciones cuantificables y comprobables de las emisiones. El sur está tan desesperado por mantener las negociaciones que seguramente presentará al menos ciertos avances en cuestiones relacionadas de información, vigilancia y verificación, y quizá haya también algún progreso en deforestación. El principal esfuerzo diplomático se centrará en conseguir que el proceso siga avanzando, a trancas y barrancas, hacia el cónclave del próximo año en Suráfrica: todos confían en que, si eso se consigue, surja alguna nueva apertura. Pero, si el verano de 2010 –19 países con un calor sin precedentes, Rusia en llamas y Pakistán inundado– no ha puesto nerviosos a los líderes, no está claro qué va a poder conseguirlo.
No hay ningún ámbito en el que las disfunciones del sistema político de Washington hagan tanto daño como en el del cambio climático
Mientras tanto, recordemos el Acuerdo de Copenhagen, el compromiso que permitió, sobre todo a Obama, salvar la cara y calificar la reunión del año pasado como algo ligeramente mejor que un fracaso total. El acuerdo exigía a los países que fijaran objetivos voluntarios sobre el carbono y que informaran de sus avances, una especie de alcohólicos anónimos internacional en el que nadie se compromete a nada pero, por lo menos, tiene que levantarse en una reunión y contar cómo le van las cosas. Lo malo es que nadie se levanta para prometer que va a dejar de beber. Por ahora, sumando todos los compromisos relacionados con el Acuerdo de Copenhague de los distintos países y suponiendo que cumplan su palabra, la cantidad de carbono en la atmósfera seguirá aumentando a más del doble, y la temperatura de la Tierra superará con creces cualquier definición de segura. Como dijo hace poco Tom Athanasiou, el incansable activista que dirige la Red de Derechos al Desarrollo con Emisiones Responsables de Gases de Efecto Invernadero (GDR, en inglés): el proceso de compromisos y revisiones es un pacto de “suicidio colectivo”.
Una pregunta que hay que hacerse es: ¿Podría ser mejor para el mundo –en otras palabras, podría estar más cerca un marco internacional– si se ignorase por completo a Estados Unidos? Es verdad que este país representa una parte enorme de las emisiones de carbono del planeta. Pero ha utilizado su poder, primero en Kioto y luego en Copenhague, para defender unos objetivos menos ambiciosos (que, en el caso de Kioto, de todas formas no quiso firmar). Existen razones para intentar alcanzar un pacto que parezca científicamente razonable y poner manos a la obra, con la esperanza de que Washington acabe por sentir vergüenza y se una (o, cosa más creíble, se dé cuenta de que está perdiéndose la próxima revolución económica, la transformación a la energía verde). Desde luego, no hay ningún ámbito en el que la falta de liderazgo de EE UU y las disfunciones del sistema político de Washington hagan tanto daño como en el del cambio climático. Ahora bien, si se dejara fuera a Estados Unidos, no hay garantías de que el proceso fuera a ser mucho mejor.
Los científicos ya han hecho su trabajo. El planeta está calentándose precisamente como ellos predijeron, sólo que más deprisa. El volumen de dióxido de carbono en la atmósfera ha superado las 390 partes por millón (ppm) en los meses posteriores a Copenhague, muy por encima de las 350 ppm que los investigadores sitúan como límite superior para que el planeta funcione como estamos acostumbrados. La sociedad civil está reaccionando: 350.org, la campaña internacional para luchar contra el cambio climático de la que soy cofundador, organizó la actuación política coordinada más extensa que jamás se ha visto en el mundo el pasado mes de octubre, con 7.400
“fiestas de trabajo” (grupos de ciudadanos que emprendieron acciones desde el aislamiento de edificios escolares en Londres hasta la conversión de páramos en huertos en Nueva Zelanda, pasando por la instalación de paneles solares en Kenia) en 188 países. Tarde o temprano, los políticos de todo el mundo tendrán que responder, pero por ahora parece que será más bien tarde. Creen que están negociando unos con otros, pero en realidad están regateando con la química y la física. Y están perdiéndolo todo.

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